Vivimos en una sociedad completamente volcada a la razón. La razón y la reflexión nos permite llegar a soluciones para los diferentes problemas a los que nos enfrentamos en nuestra vida cotidiana. La razón es la virtud más grande que puede desarrollar una persona a lo largo de la vida, la capacidad de análisis, reflexión y enfoque “objetivo” de las cosas.
Durante nuestra infancia nos enseñan en el colegio que las personas más inteligentes son aquellas que tienen una capacidad de análisis y razonamiento entrenada y pulida, y en realidad nos les falta razón, pero el estudio psicológico de las emociones nos muestra que, aunque este enfoque no tenga por qué ser incierta si que queda incompleta.
Las emociones son un mecanismo de supervivencia que las diferentes especies animales, y los humanos no somos una excepción, usamos como herramienta para adaptarnos mejor al contexto en el que estamos viviendo. Las emociones funcionan como mensajeras tratando de adecuar nuestras acciones al contexto en el que estemos.
Así como el miedo despierta en nosotros una alarma de peligro, el enfado una alarma de protección o la alegría el aviso de permanecer y cuidar las cosas que nos hacen bien.
Las emociones son automáticas y aparecen antes de cualquier proceso racional. Es por esto por lo que no podemos, ni debemos, quitarlas de la ecuación. La sociedad actual todavía no ha desarrollado una conciencia de la importancia que realmente tienen las emociones en nuestra vida, de hecho, en muchas ocasiones podemos observar hasta el desprecio y el rechazo a las mismas, viéndolas como un lastre u obstáculo.
Un ejemplo claro de esto es la tristeza, cuántos de nosotros no hemos intentado evitarla en múltiples ocasiones, viéndola como un estado de debilidad y vulnerabilidad. Esto sumado al fuerte amor del desarrollo de la razón provoca que tendamos a racionalizar nuestras emociones desagradables en lugar de sentirlas.
Explicaremos en qué consiste racionalizar emociones con un ejemplo que podrá resonar en todos los lectores. Cuántas situaciones en las que os habéis enfadado con alguna situación o con alguien, no habéis pensado alguna vez “Quizás no debería enfadarme, no ha sido para tanto”. Con una frase tan simple, común e inocente estamos vulnerando todo lo que sentimos. Utilizamos la razón para suprimir nuestras emociones, en una estrategia fallida pues la emoción no desaparece, permanece con nosotros, sin ser vista, sin ser escuchada y sin ser cuidada.
Es importante reflexionar sobre cómo nos sentimos, nos permite acercarnos a nuestro mundo interno, a comprender qué cosas y de qué formas, nos afectan diferentes sucesos y situaciones que debemos abordar a lo largo de nuestras vidas. No obstante, está reflexión debe ser un proceso posterior por experimentar dicha emoción, dándole el espacio que merece y aceptándola sin juzgarla con un simple “ahora estoy enfadado, triste, frustrado”.
Utilizar nuestra capacidad de razonamiento para tapar dichas emociones y evitar la sensación de malestar que generan es una forma de huir que camuflamos en comprensión y justificación, que inevitablemente, está guiada por esa emoción que queremos evitar.
Un hábito muy común y automático que puede generarnos un fuerte malestar psicológico con el paso del tiempo.
¿Tú qué opinas, tiendes a racionalizar tus emociones?
Escrito por el psicólogo Manuel Cobos Maestre